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Arquitectura y Territorio


Es imposible comprender hoy en día un proyecto arquitectónico, que no sea una respuesta a una condicionantes iniciales impuestas por el propio territorio donde se sitúa.  El territorio, entendido como la matriz biofísica de componentes bióticos  afectada por factores abióticos que se interceptan entre sí para formar constantemente interacciones diversas entre sus componentes fundamentales: agua, suelo, pendientes, temperaturas, humedad, vientos, flora, fauna, las acciones humanas.   En ese juego de interacciones, se habita un territorio, se construye un espacio, se propicia el cobijo. El territorio es quien por si mismo entrega fundamentalmente datos, condicionantes que determinan un proyecto, una morfología, un determinado uso de los recursos, en la elección de los materiales para su construcción , y una forma de utilizar los recursos mientras se habita un territorio.

La arquitectura sin territorio, sería un espacio inerte, una cápsula volcada a si misma,  carente de esa esencia que dignifica el habitar, porque quien proyecta, debe utilizar el ingenio para sacar el mejor partido a los recursos visuales, térmicos, ambientales disponibles, de manera que el habitante se identifique con su morada, y entienda que el conocimiento técnico de quien estudia el territorio efectivamente puede ser aplicado con sinceridad y racionalidad, a las respuestas posibles sobre cómo habitar un lugar determinado.

Esa capacidad de observación detallada, la racionalidad en la toma de decisiones  y el reconocimiento de los determinantes territoriales de un proyecto, traducidos a una obra, son lo mas cercano a lo que entiendo como arquitectura, sin apellidos arquitectura y nada mas.

¿Qué hacer con los excesos inmobiliarios?


Observar desde cualquier ventana del centro de Santiago de Chile, buscando la vista de la Cordillera de Los Andes, que hace unos 10 años existía, cada día es mas difícil.   Pero también cada día es mas difícil garantizar que la orientación norte efectivamente permitirá la entrada de un sol constante durante el día.  Tampoco podemos garantizar que en realidad, si vivimos en el centro de Santiago, tardaremos menos en movilizarnos por las calles.  Me parece que dentro de poco, tampoco podremos garantizar disponibilidad de oxigeno necesario por habitante.

Claramente ha cambiado la imagen urbana del centro de Santiago.  La legislación actual permite la obtención del máximo  beneficio económico posible del suelo para el mercado inmobiliario sin control, liberando de responsabilidades sobre el impacto que el conjunto de torres de edificios de obra nueva, tiene en la totalidad de la ciudad, que frente a este cambio se perfila carente de equipamiento y servicios necesarios para el nuevo habitante. Si tomáramos un ejemplo de una calle del sur de la Alameda,  comparando los cambios en la densidad de personas que habitan por metro cuadrado, resulta impactante el cambio.   Si 70 m2 de suelo, servían hace 10 años, para el habitar de una familia de 3 personas, ese mismo suelo hoy convertido en una torre de 20 pisos, se convierte en el suelo de 60 personas. Si a ello sumamos otra torre exactamente de la misma altura, al lado de la anterior, y otra igual, al frente de la primera, ya podemos obtener cifras de densidad por habitante escandalosas.  Uno de los problemas mas fáciles de visualizar  es,  que en  cada familia al menos existe un automóvil.   Entonces, por esas mismas calles que comunican con la nueva vivienda de estas familias, la densidad de automóviles se incrementa en forma proporcional a las nuevas demandas de suelo, en el ejemplo anterior, pasamos rápidamente de 1 automóvil  a 20 y de 20 a 60 sumando tres torres ubicadas a corta distancia entre ellas.   Sin embargo, las calles no entran en la dinámica del aumento, porque el dueño del terreno donde se posa la torre de departamentos, solo  se hace cargo desde sus deslindes hacia el interior.

Nos espanta la creación de un centro comercial que superará las demandas de uso en un punto neurálgico de la ciudad, sin embargo, no ocurre lo mismo  con el aumento desmedido de la densidad del centro de Santiago, ante la carencia de áreas verdes, equipamientos y servicios acordes a las nuevas demandas  Pareciera que somos todos ciegos ante una ciudad que está cambiando dramáticamente  cuyas advertencias sobre el impacto de este cambio,  las escucho hace años.  Sin embargo, al parecer convenientemente, es mejor no mirar, no prestar atención, y no decir nada, para luego llorar sobre la leche derramada, por una ciudad que pudo convertirse en un ideal de habitabilidad, pero se volverá un espacio denso, carente de servicios y equipamientos, carente de espacios verdes acordes a la densidad de habitantes, insalubre finalmente, como las antiguas ciudades densas al interior de las murallas. Lo triste es que en nuestro caso, no tendremos murallas para derribar y resolver  el problema.

Ante lo dicho, desde el otro lado de la montaña, llegan señales posibles, sobre cómo de una vez las políticas públicas hacen su trabajo y se responsabilizan por este des-criterio urbano. Se trata de los Bonos de Responsabilidad Urbana.  Por cada ampliación en la densidad de un lugar, debo responsabilizarme por el suministro de externalidades necesarias para la calidad de vida de los nuevos habitantes.

Bonos de Responsabilidad Urbana_ Plataforma Arquitectura.

De habitar, ciudades y oasis.


Un enlace para compartir,  la colección In Situ, es una publicación artesanal que ya lleva mas de 10 años de trayectoria difundiendo reflexiones en torno a cosas que se sienten cerca o se tienen a mano, en un primer momento a  la arquitectura.  El número 25, es de mi responsabilidad.

© Rosa Chandia, textos e imágenes  / © José Quintanilla y Sebastián Navarrete, de la edición

Habitabilidad, desde la ciudad al modelo técnico del oasis

Y una captura, de un momento de viaje, desde la ciudad de Arica, hacia el oasis de Codpa, en Chile.

Reflexiones sobre la agricultura urbana



El vínculo que desde el origen de las civilizaciones ha existido entre ciudad y agricultura, ha experimentado transformaciones importantes a lo largo del tiempo, siendo la más trascendental, aquella ocurrida en el siglo XVIII, en los comienzos de la revolución industrial, donde, a través de los principios económicos convencionales, se comienzan a transmitir ideales de progreso y desarrollo,  interpretados como una forma de pasar de lo atrasado a lo moderno, de lo rural a lo urbano, del huerto familiar a la agricultura industrializada.  La agricultura queda relegada de la ciudad a un espacio residual de ésta.  La visión de los huertos familiares queda vinculada a los suburbios de las grandes ciudades europeas, como asentamientos populares que gestionan el territorio como una forma de agricultura de subsistencia, mientras que el resto de las grandes zonas agrícolas, se observan como un terreno satisfactor de necesidades de las ciudades.

Sin embargo, esta desvinculación entre ciudad y agricultura, genera un creciente deterioro y grandes conflictos sociales, producto del empobrecimiento de los suelos productivos y el aumento de la migración hacia la ciudad y como consecuencia de ésto, el aumento de los niveles de pobreza,  ya que los habitantes dejan atrás su autosuficiencia,  para comenzar a depender del intercambio económico para subsistir, cambiando las actividades productivas por las actividades de servicios a la industria y el comercio principalmente.

Desde hace algunos años la forma de entender el paisaje rural ha dejado de ser vista como un residuo de lo urbano, sino mas bien se pretende que vuelva a tener un rol significativo dentro de la ciudad.  Junto a estos cambios de pensamiento, lo ideales de los habitantes de las ciudades también van cambiando, y la idea de desarrollo apunta a la equidad, y a valorizar la importancia de la biodiversidad tanto en las zonas de grandes terrenos de producción agrícola, como  dentro de las ciudades, que vuelven a ganar suelo productivo y complejidad de ecosistemas. El habitante de la ciudad, requiere satisfacer ciertas necesidades vinculadas con el ser, y dentro de éstas, aspira al reencuentro con la naturaleza perdida en la ciudad, entendiéndola como el espacio de biodiversidad en que el hombre manipula las condiciones físicas preexistentes para acondicionar su espacio a sus requerimientos.

El huerto urbano hoy es utilizado en diversas ciudades de Europa, como una opción que permite enfrentar problemas no solo de abastecimiento individual para la subsistencia, sino que se plantea como una opción social _ como es el caso de los huertos urbanos gestionados por adultos mayores_.  Favorecen la sociabilización entre las personas, convirtiéndose en lugar de encuentro, por lo tanto en espacio público.  En ciudades pequeñas, el huerto urbano es el jardín de la casa.  Se optimizan los cultivos para el consumo familiar y se evita con ello la degradación de los suelos.  Los huertos urbanos individuales o colectivos, al requerir la atención constante de los habitantes sobre éste, favorecen el sentido de arraigo y pertenencia.

Huerto Urbano comunitario, Basel, Suiza.

Huerto urbano particular, Banyoles, Cataluña.

Frente a los ideales de insertar el paisaje rural en el medio urbano, Luis Octavio Da Silva, presenta en la revista Bifurcaciones, un artículo titulado Agricultura, utopías y prácticas urbanas donde realiza un repaso sobre la agricultura urbana, y los jardines, analizando el vínculo con ciertos significados y simbolismos que definen ideales de ciudad, como  el punto de encuentro de las prácticas políticas, culturales y económicas en un ambiente que represente a la naturaleza perdida.  Podemos reflexionar sobre el jardín de aspecto continuo, lineal y homogéneo que evoca paisajes del norte de Europa e Inglaterra, desde el ámbito de la contemplación del paisaje, como “el jardín del edén”, que puede y debe coexistir con el jardín productivo, el cual se aproxima al paisaje rural y la agricultura.  Ambos son paisajes manipulados, y ambos aspiran al encuentro biológico del hombre y su entorno, como satisfactores distintas necesidades y aspiraciones humanas. Claro está, uno contrastando con el otro en términos de eficiencia de recursos.

Jardín productivo y Jardín de contemplación. Uno para generar recursos y el otro para consumirlos.

Referencias:

DA SILVA, Luis Octavio (2009). “Agricultura, utopías y prácticas urbanas”. En  bifurcaciones [online]. núm. 9. World Wide Web document, URL: <http://www.bifurcaciones.cl/009/DaSilva.htm&gt;. ISSN 0718-1132:

http://www.bifurcaciones.cl/009/DaSilva.htm

PEREZ, Edelmira.  Hacia una nueva visión de lo rural. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2001. ISBN: 950-9231-58-4, disponible en:

http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/rural/perez.pdf

La ciudad Vivible. La habitabilidad de una ciudad.


Vista de Santiago de Chile hacia el oriente

Vista de Barcelona

Vista de la ciudad de Los Ángeles

A propósito de la expansión del límite urbano de la ciudad de Santiago de Chile.  Nos preguntamos, ¿cuál es la escala apropiada para que una ciudad resulte habitable?. Pensando en que la ciudad funciona como una máquina que requiere un flujo constante de materia prima y energía para abastecerse,  la escala debe mirarse desde un punto de vista sostenible,   lo cual significa encontrar el mayor equilibrio entre los requerimientos para la habitabilidad, el confort de los habitantes, y la disponibilidad de los recursos que abastecen a la ciudad y su persistencia en el tiempo.  Esto implica abordar el tema desde el aspecto territorial, ambiental y social.

Desde el punto de vista territorial y ambiental, el metabolismo de la ciudad, debiera mover sus  flujos de recursos necesarios dentro esta misma, con la producción de la energía, materia prima y agua necesaria para cubrir todas las demandas, y se debe hacer cargo de los residuos generados una vez que los recursos entran en el sistema y son utilizados.  Sin embargo, hoy la ciudad debe inyectar, desde afuera, incluso a grandes distancias, todos los recursos que necesita, y una vez utilizados, expulsar los residuos, deteriorando el entorno favorable para la productividad. La alimentación, depende de los territorios agrícolas y ganaderos que dispone, el agua depende de escorrentías cuya fuente se mueve kilómetros para entrar en la ciudad.  Los antecedentes históricos nos demuestran que no existe ciudad, sin una periferia que sea capaz de abastecer de recursos y mantenerlos en el tiempo.  Como señala Clive Pointing (1992) resulta significativo el hecho de que en la región donde primero se desarrolla la idea de urbanismo, con las primeras ciudades_ Mesopotamia, en la rivera de los ríos Tigris y Eufrates _, sea donde también constan antecedentes de la primera gran crisis ambiental, que tuvo como resultado un agudo proceso de desertificación, que convirtió los fértiles valles en el gran desierto que hoy conocemos. La reflexión de Antonio Alero (1999) nos muestra que la idea de urbanismo moderno, que implica la expansión ilimitada de la ciudad en pos del progreso, va acompañada de una progresiva desertificación de las tierras que la proveen de energía y materiales, ya que se produce una excesiva explotación de los territorios agrícolas que concluyen en un deterioro constante de los suelos productivos.  Por este motivo resulta fundamental, el dimensionamiento de la ciudad considerando el territorio anexo que requiere para su efectivo funcionamiento y de manera tal, que garantice la futura disponibilidad de los recursos necesarios para satisfacer todas las demandas de los habitantes.

Ahora bien, si vemos la ciudad desde el punto de vista social, debiéramos preguntarnos cuál sería la escala que permita al habitante vivenciar  la ciudad, cuál es la distancia en la que se mueve, qué tan resueltas tiene sus actividades cotidianas en un área que permita desplazarse por la ciudad a una velocidad tal, que pueda disfrutar de los acontecimientos que ocurren dentro de ésta. Esto quiere decir, que no es lo mismo ir de casa al trabajo en el automóvil, con el aire acondicionado, y la radio encendida, sintiendo a la ciudad como un ente externo a la vida propia, un mero espacio urbano construido, que nos sirve para que el automóvil nos traslade desde un punto a otro de la ciudad, sin importarnos lo que ocurre fuera de éste durante  del trayecto del viaje.  Diferente es movernos desde la casa al trabajo, a una distancia que puede ser vivida, esto es, prescindiendo del mundo propio del automóvil, y utilizando los medios de transporte que nos obligan a interactuar con el espacio y reconocer cada calle  y lugar por el cual nos estamos trasladando.  Caminar o viajar en bicicleta, nos permiten apreciar la ciudad una velocidad, que resulta imposible desentenderse, aparece el aire, las miradas, los avisos, un café en el camino, una tienda, una plaza, personas paseando a las mascotas, gente caminando, asientos en las veredas, árboles en las aceras.  La ciudad comienza a ser vivible, por lo tanto habitable.

La ciudad de Barcelona, para   la escala del peatón

Los defensores de la expansión del área urbana de la ciudad,  citan como un ejemplo de ciudades desarrolladas a Los Ángeles, ciudad con una de las mayores áreas urbanas del mundo, y cuyo ideal de vida es promovido constantemente  a través del cine, la prensa y la televisión.  Lo cierto es que esta ciudad obliga a que el  desplazamiento entre un punto y otro sea similar a una tele-transportación, donde lo único importante es el dónde estoy, y donde tengo que estar, subiendo obligatoriamente en el coche para movilizarse, sin importar el trayecto que realice ni los sucesos que se vivencian en el recorrido.  Este modelo de ciudad, es un modelo individualista, que desarticula la vida urbana.  En este modelo, ni siquiera es necesario plantar árboles en las aceras, porque la gente no camina, solo se mueve dentro del mundo privado del automóvil, y la ciudad como tal no existe, solo existen los puntos de inicio y llegada dentro de un territorio urbanizado, que por cierto, para existir, requiere muchísima mas energía y recursos que en las ciudades que tienen el mismo desarrollo, pero dentro de un área urbana mas densa, controlada y mas impregnada de información. Como la periferia no está dotada del equipamiento y servicios necesarios para abastecer a los habitantes del entorno inmediato, estos terminan dependiendo del automóvil como principal medio de transporte. María Elena Ducci (1998) nos advierte que este modelo de ciudad dependiente del automóvil conlleva al desaparecimiento de los lugares de encuentro casual, que ligados o no al comercio, han sido la base del surgimiento de ideas y proyectos de la civilización humana.  El real problema del crecimiento de la ciudad no se resuelve con  la expansión sino mas bien haciéndose cargo de las micro-zonas en el interior de ésta, que mas que la configuración de centros urbanos dentro de una ciudad, se trata de la configuración de barrios, como sucede en ciudades mediterráneas como  Barcelona, donde los habitantes, probablemente trabajan en un área cercana  a su vivienda, y prácticamente todos los requerimientos de servicios de un habitante, se resuelven dentro de unas distancias que permiten vivenciar la ciudad, por lo tanto, obtener mejor calidad de vida, menos consumo energético y de recursos, y con el resultado global de una ciudad diversificada, que no necesita expansión para alcanzar el desarrollo.

Do not Walk

Sin árboles para regular la temperatura, solo el coche puede circular por aquí

Mapas de ubicación de las fotografías, en Los Ángeles  : Cienega Blvd con W3rd st.

Mapa de ubicación de la fotografía de Plaza Cataluña, Barcelona.

Referencias:

Alero, Antonio. (1999) Desertificación y Urbanización: El fracaso de la utopía. Artículo electrónico disponible en: http://habitat.aq.upm.es/boletin/n9/aaale.html

Ponting, Clive (1992) Historia Verde del Mundo. Paidos.

Ducci, Maria Elena (1998) Santiago, ¿una mancha de aceite sin fin?¿Qué pasa con la población cuando la ciudad crece indiscriminadamente?disponible en :http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/196/19607205.pdf